sábado, 27 de noviembre de 2010

10. Una sospecha infamante


Una vez franqueada la entrada al venerable edificio de Moreno y Cevallos, entré como una tromba al despacho del subcomisario Santiago.
–¡Ya te voy a dar yo psicólogas, mocoso de porquería!
El subcomisario Santiago retrocedió, encogiéndose como un murciélago, hasta un ángulo del despacho. Al verse atrapado, pretendió establecer un armisticio.
–No se ponga así, comisario. La psicología no hace daño a nadie.
Lejos estaba yo de revelarle lo que había provocado en el cerebro de la oficial Bellamor. No quería que una comisión policial interrumpiera al brasilero, no, por lo menos, antes de que realizara su merecida parada higiénica bajo el puente de Zarate. Por otra parte, ignoraba hasta qué punto el jarabe había incidido en el extraño comportamiento de la oficial. Si alguna vez recuperaba la razón, podía revelar que yo le había administrado un medicamento, aunque –y me atrevo a sostenerlo ante una junta de especialistas– abrigo serias dudas de que el Expectoran no haya hecho más que disparar algún mecanismo de su mente enferma. Llevo años tomando ese jarabe, varias veces al día, y aquí me ven.
Envalentonado por mi silencio, Santiago insistió.
–Consultar a un psicólogo no significa, necesariamente, que uno esté loco.
Y eligió un ejemplo –desafortunado, si debo decirlo– para redondear su idea.
–Que usted vaya al proctólogo no quiere decir que padezca de algún mal en el colon. ¡Ay!
Dijo "ay" cuando le aticé con el bastón. Lo único que faltaba era que ahora pretendiera enviarme a un proctólogo.
–¡Sepa, mocito, que no voy a permitir que nadie me meta un dedo en el culo!
–El dedo no es lo peor– gimoteó Santiago, quien, según me enteré después, cuando confesó todo en medio de una crisis de llanto, había padecido una infección genitourinaria.
No podría precisar si era un joven muy emotivo, su experiencia con el especialista de marras había sido en extremo traumática o se sentía culpable por las ofensas que me había inferido. Como fuera, tenía una constitución débil. Al tercer bastonazo cayó de rodillas, le pisé los dedos de una mano y se echó a lloriquear.
Y cuando digo “las ofensas que me había inferido” lo hago ubicándome en la situación exacta en que encontraba en ese momento, y no me refiero a la suela de mi zapato apisonando sus dedos, sino al hecho de que aún ignoraba hasta qué extremos había llegado la campaña de agravios en mi contra.
–¡Usted sugiere que Pérez y yo...!
Era una idea tan atroz que el más elemental pudor me impediría repetirla. Tuve la tentación de buscar otro camión brasilero, pero estaba algo lejos de avenida Huergo y no me resultaría sencillo secuestrar a un subcomisario en el propio Departamento Central de Policía.
–La oficial Bellamor –intentó explicar Santiago simulando una calma desmentida por el rictus de dolor que deformaba su rostro– estudió cuidadosamente su caso.
–Pero no sea imbécil, Santiago. A Pérez lo mataron por teléfono.
Santiago meneó la cabeza, varias veces. No, no se había reportado ningún crimen en El Español.
–Por supuesto que recordaría un asesinato de esas características –se encrespó el subcomisario, pero sin mucho énfasis, porque yo seguía sin mover el pie de lugar y mantenía el bastón firmemente aferrado en mi puño derecho.
Todavía me quedaba una pregunta por hacer.
–¿La oficial Bellamor elevaba sus informes por escrito?
Planeaba destruirlos. No podía permitir semejante borrón en mi legajo.
Santiago me miró como si en vez de legajo yo hubiese dicho “triceratox”.
–Hace más de veinte años que está retirado, Petorutti. El legajo suyo debe andar en algún museo de Ciencias Naturales.
Sentí un ardor en el pecho. Y como un vahído. Retrocedí. Santiago aprovechó para ponerse de pie. Lo dejé hacer. Yo ya no tenía voluntad para nada: había dejado de existir.


Un coche de alquiler hasta El Español
El reloj marcaba las cuatro cuando me desperté. Julioscar acababa de llegar y todavía era de noche, de lo que deduje que no había estado durmiendo la siesta. Madrugar más de la cuenta es uno de los daños colaterales de la vejez. Lo desubica a uno.
Intenté trazar un cuadro de situación. En la cocina, Rita comía pasta frola con una amiga. Ambas reían tontamente, como suelen hacerlo las niñas. Julioscar les pidió un cigarrillo, pero se limitaron a convidarle del que fumaban.
Desayuné, o acaso merendé, me di un baño, me coloqué mi mejor traje y sin darme cuenta de cómo había sido, ya terminábamos de cenar. Se me había hecho tarde, aunque no recordaba muy bien para qué.
–¿Dónde vas, abue? –me preguntó Rita. Yo ya me había puesto el saco y me aprestaba a salir. Dije lo primero que me vino a la mente.
–A darle mis respetos a una anciana. Está internada en un geriátrico.
–¡Qué copado! –dijo la amiga de Rita.
Al parecer el programa les resultaba atractivo, pues decidieron acompañarme. Era una buena idea: la visita de esos jóvenes constituiría un motivo de alegría y distracción para los solitarios ancianos. Decidí llevar mi cámara de fotos e inmortalizar el momento. Le enviaría unas copias al eficiente ascensorista que me había llevado sin tropiezos hasta el estudio del doctor Martínez Espósito.
Hubo un momento de confusión cuando no encontré la tarjeta con la dirección del geriátrico. Estábamos en un coche de alquiler y no había buena luz. Vacié mis bolsillos en el asiento, mientras Rita encendía fósforos para iluminarnos. El chofer miraba por el retrovisor, pero seguía conduciendo. Yo le había dicho “Tome por el bajo”. Me pareció lo más apropiado.
La amiga de Rita no cesaba de reír, tentando a mi nieta. Me encontré con los ojos del chofer, en el espejo.
–Estas niñas...– dije sin apenas controlar la risa.
Al fin encontramos la tarjeta rosa.
––Dámela –dijo Julioscar desde el asiento del acompañante. La estudió un momento –¿Estás seguro de que es acá?
–¡Por supuesto!
Julioscar se alzó de hombros y dio algunas indicaciones al taxista, mientras yo seguía riendo con las niñas. Tuve un acceso de tos. Afortunadamente había traído el jarabe y me eché un trago. Sabía a aperitivo Lucera, lo que tuvo la propiedad de retrotraerme al momento que levanté la vista y me encontré frente a frente con Zúñiga, que miraba con preocupación a mis espaldas.
–Espero que esta vez haya venido solo.
Me di la vuelta, apoyando mi codo en el mostrador a la manera de los compadritos.
–Mis nietos estaban por acá –murmuré–, en un taxi.
Zúñiga se alzó de hombros y volvió a llenar mi vaso.
–Se habrán ido, a hacer su vida. Los viejos sólo somos un estorbo. Si ya no servimos ni para morcilla, vea lo que le digo.
Lo miré, pero no vi nada, aunque advertí que en el vaso Zúñiga no había dejado espacio para la soda.
–¿Por qué me hace esto, Zúñiga? ¿Pretende alcoholizarme, acaso? Deme otro vaso.
–Tenga cuidado comisario, que gracias a usted he tenido que comprar toda la cristalería nueva.
Volqué la mitad del contenido en el nuevo vaso y le eché un chorro de soda.
Zúñiga se secó las manos con un trapo rejilla.
–Así serán dos copas.
–Es la misma cantidad...
–Claro, porque a mí la soda me sale gratis. Como cada vez que voy de cuerpo cajo sifones...
Había algo definitivamente anormal en esos españoles.
–¿Usted también estuvo en la guerra civil, Zúñiga?
–¿Qué guerra? Pegan cuatro tiros al aire y ya hacen de ello un follón internacional. No señor, yo me mantuve aquí, al pie del cañón. Y no me venga con eso de que soy un cobarde, que muere mucha más gente en la retaguardia que en el frente.
–Pero estaba del otro lado del océano...
–¿Ve usted? Me está dando la razón. Si esto no era la retaguardia no sé qué coños era.
Tenía que cambiar de táctica. En cualquier momento podría trabarme en una discusión grotesca. Probé con una aproximación directa.
–¿Cómo se hizo amigo de Pérez?
Zúñiga repuso que él no era amigo de Pérez. Ni de nadie.
–Además, nunca le tuve confianza –añadió– Ese galhego trabalhaba pra ustezes.
Había logrado intranquilizarlo. Su acento se volvía más cerrado, como si tuviera un orificio del tamaño de una moneda de un peso en el centro del paladar y otro en la lengua. Comenzó a farfullar una serie de onomatopeyas prehistóricas de las que logré deducir que Pérez era un informante policial. Como ya dije, fue una deducción: Zúñiga insistía en hacerme creer que era a mí a quien Pérez pasaba sus informes. No parecía importarle que llevase varios años retirado de la actividad. Para él, ser policía era como ser italiano, o, para decirlo con mayor propiedad y ateniéndome a la acepción que la palabra “policía” adquiría en sus labios, como ser microcéfalo, o tener seis dedos en cada mano; en fin, una anormalidad con la que se carga toda la vida.
No se si fue a raíz de sus juicios peyorativos sobre la fuerza o el descubrirme burlado por Pérez, quien, según Zúñiga, durante los últimos años había vendido información a la División Gerontes (¡Ni siquiera al Dirección de protección del orden constitucional!), y, lo que resultaba todavía más agraviante, entresacada en el transcurso de nuestras partidas de dominó.
Respiré hondo tratando de tranquilizarme y por esas extrañas cosas del destino, Zúñiga desapareció como por encanto y sin saber cómo me encontré hablando con el subcomisario Santiago. Me había telefoneó una tarde. Dijo estar muy preocupado por la oficial Bellamor. Parece que ha desaparecido.
–Menos mal que me avisa –mentí–. Tenía turno con ella esta semana.
–No se haga problema –repuso Santiago con el aire eficiente de un ejecutivo de marketing–, lo atenderá otro profesional.
Dije que me tomaría algún tiempo para pensarlo.
–Me había aficionado mucho a ella –añadí– y teníamos mucho en común.
–¿Qué cosas? –preguntó sorprendido el subcomisario.
–El jarabe para la tos.
Y colgué.


Una aparición espectral
Cuando Zúñiga me reveló que Pérez había estado vendiendo informes sobre mí al subcomisario Santiago, tuve un incontrolable acceso de tos. Zúñiga giró para alcanzar algo de la repisa del frente bar y lo depositó orgullosamente sobre el mostrador como si fuera una botella de whisky importado
–Tómese esto –dijo.
Era un frasco de Expectoran Plus, tamaño familiar.
–¿Usted lo usa muy seguido? –pregunté con un silbido que surgía de lo más profundo de mis bronquios.
–Un frasco cada día –declaró Zúñiga.
–Entiendo.
Ya me daba la vuelta para salir de ahí, dudando de todo cuanto hubiese visto u oído desde el inicio de mi bronquitis, cuando tuve una súbita inspiración.
–Présteme el teléfono.
Sorprendido, Zúñiga se agachó mecánicamente, y depositó sobre el mostrador el antiguo teléfono de vela. Descolgué el auricular y lo estudié con detenimiento. La tapita agujereada que cubría al parlante era nueva.
–Entonces no fue mi imaginación. Todo ocurrió según yo lo recuerdo.
–Este...– vaciló Zúñiga, antes de lanzarse a tartamudear en su cerrada jerga natal.
–Usted es cómplice del anarquista López.
–¿López dice usted? –Zúñiga simuló meditar en mis palabras– Primera vez en la vida que escucho ese nombre.
Estuve a punto de asestarle un bastonazo, pero lo pensé mejor. Zúñiga podía tener una pistola o, peor, si, como lo sospechaba, era un activista ácrata, seguramente escondiera en el bajo el mostrador un par de cartuchos de dinamita.
–¿Por qué lo mataron?
Zúñiga miró a mis espaldas. Por el desastrado espejo del frentebar alcancé a distinguir una silueta avanzando en mi dirección. Me di vuelta y me encontré cara a cara con el anarquista Remigio López.
De no ser por las canas que le daban a su pelo rubio una tonalidad ceniza podía decirse que se veía exactamente igual que en el año 50. Tal vez las arrugas de su rostro fueran un poco más profundas y menos severo el corte del bigote, pero, más allá de esos detalles, era el mismo y afable López del viejo café de Hidalgo y Rivadavia.
–¿Qué haremos con usted, comisario?
Si realmente estaba interesado en conocer mi opinión hubiera respondido: dejarme salir vivo de aquí. Pero conjeturé que su pregunta era retórica.
–Le aconsejo –dije, dominando un acceso de tos– que no agrave más su situación.
López alzó las cejas y cabeceó, resignado.
–Debo reconocer que el asunto se nos fue un poquitín de las manos. Pobre Yupanki.
–Anda, hombre, que murió feliz –intervino Zúñiga–. Hubieras visto tú lo que eran las bragas de esa hembra. Se ha llevado impresa en la retina la más bella imagen...
–No blasfemes, Zúñiga.
Miré a López con curiosidad.
–Un anarquista hablando de blasfemia...
–Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
Zúñiga asintió. Yo no estaba de ánimo como para comenzar una discusión ya no con uno, sino con dos españoles. Además, el catarro había vuelto a fastidiarme. Eché un vistazo al Expectoran Plus, todavía sobre el mostrador, y me alcé de hombros. Total, ya estaba perdido: nunca me dejarían salir vivo de bar. Abrí el frasco y bebí un buen trago. Luego se lo pasé a López, que hizo lo propio y lo ofreció a Zúñiga.
–No hombre –dijo Zúñiga–, que por hoy yo ya he colmado mi cuota. Pero vamos, calentad al pico, que es invitación de la casa.
–¡No me dejéis afuera! –exclamó Pérez desde la puerta.
Miré con aversión el frasco de jarabe, que había vuelto a mis manos.
–Creo que es demasiado fuerte.
Pérez se aproximó, me quitó el Expectoran y tomó el resto del frasco. Era real. ¡Y estaba vivo!
–Pues luego de tantos años, días pasados nos encontramos de casualidad –explicó más tarde, palmeando la espalda de López– y se nos ocurrió gastarle una bromilla.
–Está pálido, comisario –dijo Zúñiga– ¿Se siente usted bien?
Yo miraba los rostros sonrientes, girando a mi alrededor, y trataba de agarrarme de algún lado.
–No me diga que se ha creído toda mi historia –rió Pérez–. Pero mire que había resultado pelotudo, comisario.
A esas alturas ya había entrado en la fase eufórica del Expectoran Plus, y me sumé a las carcajadas generales.

La oficial Bellamor no volvió a aparecer por el Departamento Central de Policía ni por ninguno de los otros sitios que solía frecuentar. Pero volví a verla, de pura casualidad. Había detenido el Buick en un semáforo en avenida Huergo y miré distraídamente a mi derecha. Ahí estaba ella, al volante de un camión Volvo de treinta toneladas con un enorme container en la caja. Le hice señas pero no pareció advertir mi presencia. Miraba hacia adelante de un modo obsesivo y fruncía el ceño tratando de fijar la vista. Sobre el tablero del camión, muy cerca del volante, distinguí el envase de Expectoran Plus.
Por precaución, cuando el semáforo se puso en verde, dejé que se me adelantara.
La matrícula era de Sao Pablo.

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